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El libre comercio en tiempos de guerra

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La invasión de Ucrania es el tercer gran golpe al libre comercio y a la globalización en la última década. El primero fueron las guerras comerciales de Trump, después vino la pandemia y ahora la guerra está suponiendo un impacto en el suministro de cereales que está afectando a la economía mundial. Los precios del trigo se han disparado un 40%, podemos enfrentarnos a escasez de gas en el futuro próximo y el suministro de metales tales como el níquel, usado en baterías, puede afectar gravemente a otros sectores.

Más allá de las pérdidas humanas que supone la guerra en Ucrania, la invasión rusa cuestiona los principios de la globalización ¿Es prudente para una democracia tener relaciones económicas normales con autocracias tales como Rusia o China; dos países que violan los derechos humanos, ponen en peligro la seguridad global y se vuelven más peligrosos conforme se van haciendo más ricos? A priori la respuesta es sencilla, las democracias deberían maximizar el comercio libre sin comprometer su seguridad nacional. En la práctica, no es fácil de equilibrar ambas premisas. La guerra ha demostrado que se necesita rediseñar las cadenas de suministros para prevenir que las autocracias puedan presionar a países democráticos pero desde luego, la autosuficiencia no es lo que el mundo necesita.

En la última década, el número de personas que viven en países democráticos se ha reducido un 50%. En muchas autocracias, incluyendo China y Oriente Medio, las reformas políticas hacia una mayor libertad son improbables. El resultado es una economía globalizada donde los países autocráticos representan un 31% del PIB, o un 14% si excluimos a China. A diferencia de lo que pasaba con la URSS, estas autocracias están económicamente entrelazadas con los países democráticos. Un tercio de los bienes que importan estos países vienen de estas autocracias, un tercio de la inversión que hacen las multinacionales de países con un sistema de gobierno democrático va a aparar a países con autocracias. Cada día se comercian más de 13.000 millones de euros entre unas y otras.

La invasión rusa ha mostrado a Occidente los peligros de comerciar con adversarios. La primera preocupación es moral. Todo ese libre comercio con el petróleo y el trigo ruso ha financiado la represión local de Putin y el aumento de su gasto militar que nos ha llevado a la situación actual. La segunda preocupación es la seguridad, con Europa dependiendo del gas ruso y con muchas de sus empresas necesitando sus importaciones de fertilizantes y metales se debilita el poder de ésta frente a las represalias de una guerra. Ningún país encarna mejor el epítome de este pacto como Alemania.

¿Cómo reconfigurar el libre comercio y la globalización?

Es cierto que los países autocráticos comparten pocas cosas en común para que puedan formar un bloque económico, pero sí que comparten el deseo por reducir la influencie que Occidente tiene sobre ellas en áreas concretas como la tecnológicas y las reservas de divisas.

Por otra parte, la tentación de Occidente podría ser la de pivotar hacia un libre comercio limitado a sus aliados o tender a la autosuficiencia, pero los costes que esto supondría serían inasumibles. Aproximadamente 2,7 billones de euros en inversiones se perderían por una producción menos eficiente que elevaría la inflación a niveles desproporcionados y dañaría los estándares de vida. También tendría un componente de dudosa moralidad ya que la globalización y el libre comercio han ayudado a 1.000 millones de personas a salir de la pobreza y también han ayudado a establecer vínculos con las clases medias de los países autocráticos para mantener una esperanza de futuro democrático. Tampoco aseguraría las cadenas de suministros ya que estas se vuelven más fuertes con la diversificación no con la concentración.

¿Cómo reconfigurar entonces el libre comercio? El objetivo debería ser limitar las exportaciones de las tecnologías más sensibles a los países no democráticos. Obligar a las empresas a diversificar sus proveedores y fomentar la inversión en nuevas fuentes de suministros desde energéticas a electrónicas.

La visión de los 90 en el que el libre comercio y la libertad irían de la mano se ha roto en mil pedazos. Los países democráticos deben buscar un nuevo camino que combine la apertura y la seguridad y sobre todo deben iniciar ese camino no dejarlo sólo en una posibilidad.

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