La Revolución Industrial puede dar las claves del crecimiento económico

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Una cuestión que lleva tiempo en boga es la implicación del progreso tecnológico en el crecimiento de la economía mundial. El crecimiento económico que conocemos hoy en día nada tiene que ver con el que había en la historia preindustrial. Tras más de 100 años de estudios todavía no sabemos por qué y cuándo empezó.

Lo que es cierto es que el bajo crecimiento económico asociado a la productividad tiene a los economistas preocupados por si nos estamos quedando sin ideas y/o si estamos perdiendo la habilidad de transformar las nuevas tecnologías en un motor para aumentar ingresos.

Aquellos que estudian la ralentización de la productividad suelen centrarse en los factores del lado de la oferta, tales como la capacidad de los trabajadores y en la investigación y el desarrollado (I+D). Las explicaciones de la Revolución Industrial suelen extraer las mismas conclusiones, principalmente, las características que hicieron de Gran Bretaña un lugar fértil para aplicar las nuevas tecnologías a la producción.

Pese a que en otras partes del noroeste de Europa compartían las mismas características que Gran Bretaña, fue aquí y sólo aquí donde empezó la industrialización por lo que historiadores económicos se están planteando considerar factores del lado de la demanda como los que hicieron posible que las empresas viesen una oportunidad en experimentar con nuevas tecnologías. Concretamente nos referimos a la hipótesis de los altos salarios enunciada por Robert Allen.

Nueva teoría del crecimiento económico

Esta hipótesis se centra en que la base de la industrialización de Gran Bretaña reside en la expansión comercial que la precede. Esta expansión hizo que el salario de los trabajadores británicos subiese mientras que en el resto de Europa se mantuviese fijo. Esto quiere decir que las empresas británicas operaban en un mercado donde el carbón era barato y la mano de obra cara, por lo que buscaron fórmulas para usar máquinas impulsadas por carbón para reducir así el número de trabajadores. No fue hasta décadas después, cuando la mecanización e innovación en Gran Bretaña habían aumentado la eficiencia de los nuevos equipos, que fue rentable adoptarlos en el Viejo Continente.

Los salarios como motor del crecimiento económico

Tanto si somos partidarios de esta hipótesis como de la tradicional, que defiende que la industrialización vino de bajos salarios y que el capitalismo animó a las empresas a reducirlos más, podemos sacar una importante conclusión y es que solemos centrarnos en el salario como una consecuencia del progreso tecnológico y no como una causa.

La habilidad de producir nuevas ideas depende de factores de oferta, como el número y calidad de los ingenieros que produce un entorno competitivo para las grandes empresas pero si, pese a que los tenemos la productividad no crece, sería buena idea que nos fijemos en los salarios.

Tener un coste laboral bajo hace que las grandes empresas no tengan alicientes para experimentar con nuevas tecnologías ya que estas conllevan costes y riesgos que, mientras los beneficios sean altos y los salarios se mantengan fijos, no les merece la pena asumirlos.

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