El Brexit con acuerdo vuelve a ser una opción ahora que se avecinan elecciones

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El presidente de la UE, Donald Tusk, ha anunciado una ampliación del plazo del Brexit en principio hasta el 31 de enero de 2020. La «flextention» (prórroga flexible) se acordará por escrito en los próximos días, pero el anuncio elimina la posibilidad de que el Reino Unido abandone la UE sin llegar a un acuerdo en Halloween.

El uso del término «flextention» es altamente político y claramente diseñado para ayudar al Gobierno en su esfuerzo por completar el Brexit. En realidad, las dos prórrogas anteriores también eran flexibles en el sentido de que si el Reino Unido se hubiera puesto de acuerdo sobre el camino a seguir (con acuerdo o no), podría haberse marchado antes de estas extensiones.

La atención se centra ahora en el Parlamento y en la necesidad de celebrar elecciones generales. El Gobierno ha dicho que tratará de lograr la aprobación de unas elecciones anticipadas en virtud de la Ley del Parlamento de Duración Determinada, que exige que dos tercios de los miembros apoyen la moción. En sus dos intentos anteriores, el Gobierno no consiguió reunir el apoyo, ya que la amenaza de un Brexit sin acuerdo constituyó un incentivo para que el Parlamento siguiera en funciones. Sin embargo, ahora que se ha conseguido una prórroga, hay pocos incentivos para prolongar el estancamiento.

Parece que el Partido Liberal Demócrata y el Partido Nacional Escocés han presentado un proyecto de ley que propone la celebración de elecciones el 9 de diciembre. Esto sólo necesitaría una mayoría simple, pero requeriría que el Gobierno lo aprobara esta semana, para que el Parlamento se disuelva el lunes.

Una vez que se confirmen las elecciones, asistiremos a una campaña electoral dura. Según encuestas de opinión recientes, los conservadores tienen una buena ventaja sobre el Partido Laborista, y se espera que ganen las elecciones con una mayoría razonable. Por supuesto, esto podría cambiar a lo largo de la campaña, como pudo comprobar la anterior primera ministra Theresa May en 2017.

La principal amenaza para el Gobierno es el Partido del Brexit, liderado por Nigel Farage, que quiere que el Brexit se complete lo antes posible y sin un acuerdo. Esta idea podría atraer a suficientes votantes para dividir el apoyo al Brexit y, en última instancia, permitir que el Partido Laborista gane. Sin embargo, si el Partido Conservador de Boris Johnson vence en los comicios, como se espera, podrá impulsar su última versión del acuerdo de salida a través del procedimiento legislativo sin muchos impedimentos.

Un Brexit suave con un período de transición eliminaría una gran parte del riesgo de ralentización de la economía de Reino Unido. Es de esperar que la inversión de las empresas repunte con la reducción de la incertidumbre, y que los hogares también puedan aumentar el gasto. Habrá que trabajar en la acumulación de inventarios de las compañías, lo que supondrá un obstáculo para el crecimiento, aunque se habría completado a finales de 2020. En general, podríamos ver una aceleración gradual del crecimiento del PIB y de la confianza.

Información importante: Los puntos de vista y opiniones aquí contenidos son los de Keith Wade, Economista Jefe de Schroders, y no necesariamente representan puntos de vista expresados o reflejados en otras comunicaciones, estrategias o fondos de Schroders. Este material tiene la intención de ser sólo para fines informativos y no tiene la intención de ser material promocional en ningún sentido. El material no pretende ser una oferta o solicitud de compra o venta de ningún instrumento financiero. El material no tiene la intención de proporcionar y no se debe confiar en él para la contabilidad, asesoramiento jurídico o fiscal, o recomendaciones de inversión. No se debe confiar en las opiniones y la información de este documento cuando se toman decisiones individuales de inversión y/o estratégicas. Las rentabilidades pasadas no son una guía para las rentabilidades futuras y es posible que no se repitan. El valor de las inversiones y los ingresos de las mismas pueden disminuir o aumentar, y los inversores pueden no recuperar las cantidades invertidas originalmente. Todas las inversiones implican riesgos, incluido el riesgo de una posible pérdida de capital. Se cree que la información aquí contenida es fiable, pero Schroders no garantiza su integridad o exactitud. No se debe confiar en las opiniones y la información de este documento cuando se toman decisiones individuales de inversión y/o estratégicas. Los dictámenes de este documento incluyen algunos pronósticos. Creemos que estamos basando nuestras expectativas y creencias en suposiciones razonables dentro de los límites de lo que sabemos actualmente. Sin embargo, no hay garantía de que se vayan a realizar previsiones u opiniones. Estos puntos de vista y opiniones pueden cambiar.

Autor: Azad Zangana, economista y estratega senior para Europa de Schroders

Navegar en el universo de la deuda pública emergente

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Autor: Bogdan Manescu, Investment Manager

Los rendimientos de la renta fija se han desplomado una vez más este verano a la luz del recrudecimiento de las tensiones geopolíticas y la ralentización de la economía mundial. Bogdan Manescu, de GAM Investments, considera que los inversores en renta fija pueden seguir encontrando valor y rendimientos interesantes en las emisiones de deuda pública emergente denominada en divisa fuerte.

Aprovechar las oportunidades cíclicas en el universo de la deuda emergente denominada en divisa fuerte

Este verano ha sido difícil para los inversores: se han intensificado las preocupaciones en el plano geopolítico y los rendimientos de la renta fija han vuelto a caer como consecuencia de la búsqueda de refugio por parte de los flujos de capital, pero no todo ha sido negativo. La deuda pública emergente denominada en divisa fuerte, según el índice JP Morgan EMBI Global Diversified, ha registrado rentabilidades de doble dígito (en USD) en lo que va de año1 y ha batido a los bonos del Tesoro estadounidense a 10 años. El descenso de los rendimientos estadounidenses ha sido un factor clave de esta rentabilidad superior. No obstante, este sigue siendo un resultado destacable, dado que se ha logrado en un contexto de desaceleración del crecimiento mundial y de escaramuzas comerciales de distinta intensidad entre los grandes bloques económicos —EE. UU., China, la UE y Japón—, y ha desafiado la tendencia habitual, en la que los activos emergentes son los primeros en verse perjudicados en un clásico contexto de aversión al riesgo.

Los indicios no son alentadores, pero…

En el ciclo de subidas de tipos más reciente de la Reserva Federal (Fed) de 2015 a 2018, los rendimientos estadounidenses comenzaron su tendencia bajista antes del cambio de discurso de la Fed y cayeron mucho más que el ajuste al tipo oficial de los fondos de la Fed. Los bonos del Tesoro estadounidense a 10 años, la referencia de esta clase de activos, alcanzaron su máximo en el 3,23 % a principios de noviembre de 2018, mientras que la Fed aplicó su última subida del ciclo en su reunión de diciembre. Desde entonces, el rendimiento de los bonos del Tesoro estadounidense a 10 años ha descendido por debajo del 1,5 %, mientras que, hasta ahora, la Fed solo ha realizado un recorte de 25 pb (en julio) hasta llevar la horquilla del tipo de los fondos federales hasta el 2,0 % / 2,25 %. Además, tras tambalearse al borde del precipicio durante un tiempo, el tramo de 2 a 10 años de la curva de rendimientos se invirtió una vez más a finales de agosto, lo que tradicionalmente se ha considerado como la antesala de una recesión. Algunos analistas parecen estar ponderando al alza el efecto de la guerra comercial junto con la decreciente influencia del impulso a corto plazo proporcionado por los recortes de tipos y la ley estadounidense de empleo (Jobs Act) de 2017, y concluyen que no hay manera de evitar una recesión.

Sin embargo, también podría argumentarse que (con base en las reacciones que hemos observado a las noticias sobre el plano comercial) el descenso de los rendimientos estadounidenses en todo el espectro de vencimientos constituye más una consecuencia de las incertidumbres con respecto a las guerras comerciales y la correspondiente debilidad económica que un reflejo de la aplicación de un endurecimiento monetario excesivo y demasiado precipitado que esté asfixiando cada vez más al ciclo económico. Este último escenario es el que se produjo de forma manifiesta en 1994 y 1995, cuando la Fed subió los tipos hasta en siete ocasiones en 12 meses y llevó el tipo oficial del 3 % al 6 %, y en el ciclo de subidas de 2004-2006. Esta vez, la política de la Fed ha sido más comedida, y los inversores en renta fija prevén que el banco central seguirá recortando los tipos para apuntalar el contexto económico mundial. Si estas expectativas se materializan, la postura acomodaticia de la Fed podría revertir la inversión de la curva, mientras que cualquier acuerdo final en el plano comercial entre EE. UU. y China debería propiciar una inclinación de la curva. Lo más seguro es que la continuidad de la incertidumbre probablemente ponga a prueba el coraje de los inversores de manera regular.

No exactamente una cobertura «natural»…

Los indicios que arroja la deuda pública emergente denominada en divisa fuerte respecto de la probabilidad de una recesión en EE. UU. tampoco son inequívocos. Esta clase de activos difícilmente constituye una cobertura natural frente a una ralentización económica mundial. La rentabilidad más reciente de las categorías de calificación distintas a grado de inversión se situó en sintonía con cualquier otra clase de activos de renta fija sensible al crecimiento. El diferencial de estos países con calificaciones reducidas se ha ampliado y está ahora en 439 pb2. En cambio, el mensaje que emiten los movimientos en el tramo de mayor calidad —grado de inversión— de la deuda emergente resulta más contrario: los diferenciales de la deuda emergente con grado de inversión se sitúan en el tramo más reducido de su horquilla histórica, en 165 pb2. El índice JPM EMBIG Diversified Investment Grade ha obtenido una rentabilidad del 16,61 % este año3, superando así la rentabilidad del índice de referencia de los bonos estadounidenses a diez años recién emitidos, FTSE 10-Year Treasury, en un 4,2 % durante el mismo periodo. Solo en agosto, este segmento de la deuda emergente registró una revalorización del 4,15 %, lo que no parecería indicar una recesión mundial inminente.


Desde el punto de vista de las valoraciones, la actual diferencia entre los diferenciales del segmento de alto rendimiento y el de grado de inversión en el EMBI Global Diversified se acerca a su máximo histórico de 499 pb, similar a los niveles observados el 27 de octubre de 2008, en el punto álgido de la crisis financiera (Gráfica 1).

Incluso si la proporción de deuda pública desarrollada que se negocia con rendimientos negativos descendiera, la demanda de activos que arrojen rendimientos positivos con parámetros fundamentalmente sólidos se mantendrá en el contexto actual. Cabe esperar que se produzcan retrasos temporales cíclicos en la clase de activos emergente debidos al impredecible contexto de la guerra comercial, dado que las economías emergentes han demostrado ser las más favorecidas por la globalización. No obstante, los fundamentales de los países emergentes han mejorado en los últimos años, tal y como ilustra la postura prudente que reflejan las crecientes reservas de divisas (Gráfica 2) de estos países, que se sitúan en máximos históricos.

Motivos para estar convencidos sobre la inversión en mercados emergentes…

En conclusión, tenemos razones de peso para creer que, en vista de la reversión del sentimiento sumamente bajista descontado en los mercados desarrollados, los segmentos de la deuda emergente que arrojan mayores rendimientos deberían, una vez más, batir a aquellos de mayor calidad. No se trata tanto de una opinión ni de una previsión, sino de una visión calculada con base en comparaciones históricas y en las reacciones que hemos observado en los mercados. A nuestro juicio, esta situación constituye una oportunidad cíclica para invertir en deuda pública emergente denominada en divisa fuerte. Creemos que la mejor forma de aprovechar esta oportunidad es centrarse en los fundamentales económicos constatables de cada país. A partir de ahora, realizaremos una evaluación a medio plazo de la solvencia relativa y mantendremos nuestro proceso de inversión basado en las valoraciones, que llevamos más de una década perfeccionando.

1A 30 de agosto de 2019

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Afortunadamente, Europa pudo contar con Draghi en los momentos más necesarios

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Cuando Mario Draghi asumió la presidencia del Banco Central Europeo (BCE) en 2012, la institución y la propia eurozona se enfrentaban a grandes retos. Tantos, que se había cuestionado el propio concepto del euro.

Nadie esperaba que aquel comentario de “haremos todo lo que sea necesario” y, “créanme, será suficiente”, bastaría para convencer al mercado de que esta vez sería diferente.  Aquel discurso del verano de 2012 fue algo realmente especial.

Cuando llegó al BCE,  España era el eslabón más débil de la eurozona después de que los mercados se hubieran empeñado en que el gobierno no fuese capaz de financiarse mediante la emisión de deuda. Aunque el foco estaba puesto en este país, toda la eurozona mostraba debilidad y Mario Draghi encendió una chispa que derivó en una serie de grandes decisiones que siguieron para salvar el euro como moneda y para, en mi opinión, salvar el espacio económico europeo.

Porque, aunque aquellas palabras fueran indiscutiblemente importantes, solo fueron el comienzo de su gran obra, ya que que un sistema no se salva sólo con un discurso; en realidad, es necesario el esfuerzo coordinado de acciones para asegurar la estabilidad y asegurar su reconstrucción. Yo diría que Mario Draghi es el hombre que realmente entiende cómo funciona nuestro sistema económico y afortunadamente para Europa pudimos contar con él en los momentos más delicados.

La primera de las medidas que marca el mandato de Draghi fue el programa Outright Monetary Transactions (OMT) que permitía la compra de bonos soberanos para permitir que los gobiernos de los países que habían pedido ayuda a través del Fondo Europeo de Estabilidad pudieran financiarse. Eso sí, esta medida establecía una condición, que el país que recurre a él debe implementar políticas económicas concretas.

Esto derivó en un estrechamiento de los diferenciales de los bonos soberanos, mejoró la capacidad de financiación, lo que ayudó a los bancos al permitir que las entidades financieras fueran capaces de financiarse a tipos asequibles y así poder conceder préstamos a tipos más bajos a los agentes económicos del país.

A las operaciones OMT les siguieron los programas LTRO, una de las decisiones más importantes de Draghi, ya que garantizó que los bancos pudieran refinanciarse a tipos realmente bajos, algo muy positivo para el sistema financiero y los bancos europeos.

Esta semana es su última reunión del BCE y nos deja un sistema financiero mucho más saludable con tipos muy asequibles y programas que permiten seguir estimulando la actividad económica y el consumo de los consumidores.

Sin embargo, la función del BCE seguirá enfrentándose a retos a medida que avancemos en la cuarta etapa de la Revolución Industrial, que es la digitalización. Creo que el segundo paso de esta nueva era será conocido por una nueva generación de comunicación inalámbrica o 5G que permitirá la conectividad masiva entre máquinas y objetos, lo que a su vez permitirá el siguiente paso en la automatización y eficiencia industrial. Lamentablemente, este próximo salto de automatización tendrá un gran impacto en los trabajos manuales y en el empleo, y corre el riesgo de debilitar aún más el consumo de los consumidores a medida que los trabajadores sean sustituidos por robots móviles, procesos de sensores y funciones de red.

Aquí es donde la Sra. Lagarde debería marcar una diferencia en mi opinión, alentando el gasto fiscal que crearía puestos de trabajo de sustitución y facilitando esta transición. Por lo tanto, su permanencia en el cargo debería ser una continuación de la de Draghi en su intento de sostener el sistema a escala europea y solidificarlo aún más, dados también sus antecedentes y conexiones políticas. Recientemente se dirigió al FMI y declaró, por ejemplo, que la unión bancaria y la unión de los mercados de capitales también ocupan un lugar destacado en su agenda para las cuestiones que quedan por tratar. También estará acompañada por otra persona competente, su nuevo Economista Jefe, Philip Lane. El señor Lane es un hombre que sabe bastante sobre los beneficios de la acomodación del banco central, después de haber rescatado el sistema bancario irlandés como jefe del Banco Central del país tras de la crisis de 2008.

Por lo tanto, el mandato de la Sra. Lagarde debería ser tan emocionante como el del Draghi y podría marcar el comienzo de la «Era baja para siempre» para garantizar que las oportunidades de empleo y consumo sigan siendo abundantes en los años venideros en la zona europea.

Autor: Mondher Bettaieb, Director de crédito de Vontobel AM.

Más allá del cenit de las estrategias pasivas

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Demasiado bueno como para ser positivo: posibles repercusiones                                                                                                                  

Apenas existen dudas de que, en la última década, los inversores con carteras de estrategias referenciadas a índices se han beneficiado de un entorno en que ha prosperado la beta asequible. Sin embargo, Matthew Beesley, de GAM Investments, se pregunta si la constante apetencia por enfoques de inversión pasiva podría llegar a imprimir un efecto negativo en el equilibrio del mercado.

La mayoría de los inversores son conscientes de que las entradas de capitales en los fondos pasivos superan significativamente a los que llegan a las estrategias de renta variable de gestión activa desde la crisis financiera mundial. De hecho, según ilustra el Gráfico 1, los activos estadounidenses de renta variable de gestión activa superaban en número a las estrategias pasivas en una proporción de tres a uno a mediados de marzo de 2009, cuando los grandes índices de valores comenzaron a revertir su tendencia negativa y embarcarse en un mercado alcista, hasta ahora, ingente y secular. El siguiente gráfico ilustra claramente el marcado ritmo de flujos de activos hacia fondos “referenciados” y cotizados en los últimos años y la convergencia, hasta cerca de la paridad, de los activos de gestión activa y pasiva.

El análisis de Morningstar cuenta con el respaldo de datos independientes de Bank of America Merrill Lynch, que concluye que la cuota de mercado global de los fondos estadounidenses de renta variable pasivos se ha incrementado actualmente hasta el 45%1. Sin embargo, la rápida entrada de estas estrategias basadas en el dinamismo de los precios nos lleva a plantearnos si un mayor crecimiento podría traducirse en un estrechamiento de la base de liderazgo, por su enfoque de “comprar primero los valores más grandes” y llegar a alimentar en mayor medida las burbujas en el ámbito de la renta variable, tal y como ejemplificaron recientemente las denominadas “FAANG”.

¿Comprar acciones o comprar el mercado?

En mercados alcistas a largo plazo, el énfasis suele centrarse en poseer “el mercado”, en lugar de una cartera de base fundamental con valores concretos; se trata de una situación que presumiblemente se ha amplificado en el mercado alcista actual por los niveles sin precedentes de intervención extrema de los bancos centrales. Por otra parte, en términos de rentabilidad una vez descontadas las comisiones, los inversores se han visto incuestionablemente beneficiados, pero ¿continuará este “enfoque estandarizado” hacia los valores idiosincráticos ofreciendo buenos resultados ahora que el equilibrio ha virado de forma tan drástica?

Para responder esta pregunta, es importante reconocer que el éxito de inversión a largo plazo en activos de riesgo rara vez tiene que ver con la “foto fija” de cada momento. Por tanto, a pesar de una década o más de éxito irrefutable, consideramos que la cuestión principal es que las estrategias pasivas no son en modo alguno prospectivas. De hecho, basar las asignaciones en las capitalizaciones de mercado actuales de las acciones es, efectivamente, una estrategia a largo basada en el dinamismo en que se compra alto y se vende bajo. Naturalmente, la inclusión de fondos referenciados en una cartera equilibrada puede contribuir a restringir los costes de gestión, lo cual es un aspecto positivo. Sin embargo, puede que esos fondos referenciados ya no sean la panacea que han parecido ser durante la última década. Existe una preocupación por que la persistencia de entradas en estrategias que “compran primero los valores más grandes” pueda crear desajustes en los precios de los activos que solo puedan abordarse con un enfoque de inversión más activo y que solo ofrezcan resultados favorables si existe una división equilibrada entre enfoques de inversión. Todo el concepto de la inversión pasiva se asienta en que los mercados sean eficientes y los precios de los activos sean razonables. En lugar de constituir un nuevo paradigma, un sector de la gestión de fondos que se aproxime a ser 100% pasivo acabaría, fundamentalmente, con este equilibrio y podría implicar consecuencias muy negativas.

El cenit de la inversión pasiva

Para ilustrar este extremo, hemos adaptado los principios de la curva de Laffer. La curva de Laffer se concibió originalmente para ilustrar el concepto de “fiscalidad máxima viable”. En pocas palabras, existe un punto en que el tipo impositivo es óptimo. Si los tipos impositivos son demasiado bajos, la recaudación es insuficiente. De manera similar, cuando los tipos impositivos se convierten en confiscatorios, la recaudación desciende, en lugar de subir, pues se retira mano de obra del mercado. Este razonamiento respalda la noción de hallar el equilibrio adecuado entre los incentivos a la producción y el emprendimiento (para potenciar la producción económica) y unos regímenes fiscales punitivos (que desincentivan la empresa y el beneficio económico).

En este sentido, existe una analogía evidente con la gestión de activos (véase el Gráfico 2). Claramente, cuando el porcentaje de inversiones de gestión pasiva es cero, los inversores abonan unos niveles elevados de comisiones de rentabilidad y deben esperar que los gestores que seleccionen administren sus carteras con errores de seguimiento altos para justificar estos costes “íntegros” de gestión activa. Como se ha demostrado, asignar un porcentaje de activos de las carteras a disciplinas pasivas puede incrementar la eficiencia general en términos netos de comisiones, pero solo hasta cierto punto. Como pasamos a explicar, consideramos que un exceso de gestión pasiva puede, en realidad, llevar a un descenso del rendimiento de la misma forma en que unos impuestos excesivos merman la recaudación fiscal. 

La venganza de Laffer

En la década de 1800, el historiador sociológico y filósofo Thomas Malthus estableció que el concepto de crecimiento poblacional se rige por la plenitud relativa de las necesidades de supervivencia. De esta forma, el crecimiento se estancaría de forma natural por la insuficiencia de alimentos y agua para nutrir al conjunto de la población y solo volvería a acelerarse una vez la población hubiera descendido a un nivel más sostenible. Esta noción de que el aumento de la mortalidad guarda una correlación directa con el crecimiento poblacional pasó a denominarse “la venganza de Malthus”.

De manera similar, en un contexto activo frente a pasivo, la sostenibilidad de las rentabilidades que ofrece la inversión pasiva depende de que a los gestores activos se les confíen activos de clientes suficientes para que hagan las veces de contrapeso natural al dinamismo de precios “ciego” asociado con los flujos exorbitantes hacia fondos referenciados y cotizados. Este es el caso, especialmente, de acciones como Apple, que se incluyen en infinidad de índices y fondos cotizados especializados (según ETF Database, las acciones de FAANG forman parte nada menos que de 37 fondos cotizados solo en Estados Unidos). Consideramos que una gestión de inversiones verdaderamente activa puede contribuir a garantizar que las valoraciones de los títulos no se distancien en exceso de unos niveles fundamentales razonables, creándose pues un mercado más eficiente y con menor riesgo para los vehículos pasivos y sus inversores. No es complicado prever que la evolución pasiva podría efectivamente “comerse a sí misma” en ausencia de tal factor corrector (describiríamos esa circunstancia como “la venganza de Laffer”). Este punto de vista lo comparte John Authers (antiguo analista jefe de mercados del Financial Times), que en agosto de 2018 escribió que “un mercado de valores en el que nadie trata de determinar qué acciones son asequibles y cuáles caras y, a continuación, comprar y vender en consecuencia, deja de ser un mercado”. 

Por tanto, de la misma forma en que un tipo impositivo del 100% inevitablemente se traducirá en una recaudación nula, consideramos que un sector de gestión de activos 100% pasivo solo puede ofrecer rentabilidades equivalentes a cero por dos razones: en primer lugar, resultaría imposible encontrar una contraparte para una orden de compra o venta si todos los gestores de fondos actúan igual; en segundo lugar, si descontamos la menguante influencia de los inversores intradía por sus cuentas personales, un fondo solo podrá obtener rendimientos relativos positivos a expensas de otro fondo de su grupo de homólogos; si todos se negocian pari passu, sus rentabilidades teóricas deberán ser de cero.

Claramente, un mercado de valores totalmente disfuncional no solo pondría en peligro las rentabilidades de los inversores, sino que también minaría una fuente de incalculable valor de capital emprendedor; las repercusiones económicas podrían ser realmente desastrosas.

Existe el temor, si el flujo hacia estrategias pasivas continúa aumentando rápidamente, de que los gestores activos, al tratar de añadir valor de los análisis fundamentales, pudieran verse cada vez más anulados por la ingente escala de estos flujos: la gestión activa podría perder su peso como factor de corrección del dinamismo extremo de los precios entre determinados valores. Si el capital que se invierte se asigna repetidamente de forma equivocada, los mercados se vuelven cada vez más ineficientes, degradándose el nivel de rentabilidad de las inversiones.

Afirmaríamos que un dinamismo excesivo hacia las acciones de FAANG, con independencia de si los flujos proceden de vehículos puramente referenciados o cuasireferenciados a índices o inversores en momentum, no resulta más lógico (en ausencia de una base fundamental por valores) que la caza de principios del milenio de valores de tecnología, medios de comunicación y telecomunicaciones con múltiplos de PER elevadísimos. Algo tendrá que cambiar antes o después.

Se plantean dos preguntas:

¿En qué punto apreciarán el movimiento pasivo y sus inversores que el paradigma se torna insostenible más allá del punto álgido de dominio?

¿Recuperará la gestión activa el favor suficiente antes de que alcancemos el punto de no retorno (literal y metafóricamente)?

¿Más allá del cenit de las estrategias pasivas?

El problema con el concepto del punto máximo viable de la inversión pasiva es que resulta extremadamente complicado de definir. Las estimaciones académicas habitualmente señalan la banda de entre el 25 % y el 45 %, que no es precisamente estrecha y el nivel superior ya se ha superado en Estados Unidos. Claramente, la conducta de aversión y apetencia por el riesgo a que hemos asistido en los últimos años indica que los inversores entran y salen del mercado en lugar de constituir la rotación sectorial cíclica más habitual de la fase madura de un mercado alcista, lo cual se ha traducido en mayores correlaciones entre activos y una menor dispersión en sectores y valores.

La caída por la crisis de 2008 a menudo se denomina un acontecimiento de “correlación 1” porque los precios evolucionaron de forma pareja entre las diferentes clases de activos y en de cada una de ellas. Los inversores podrían, por tanto, inferir que tales ventas masivas indiscriminadas son habituales, pero los análisis históricos demuestran que se trata de una excepción más que de una norma. Según FactorResearch2, las correlaciones fueron mucho menores en caídas previas, lo cual brinda a los gestores activos la posibilidad de ofrecer a sus inversores cierto aislamiento de los descensos evitando los valores con mayores pérdidas. Tal y como observó Tom Stevenson en un artículo publicado recientemente en el Daily Telegraph3, en el próximo descenso “podría no parecer tan inteligente solo comprar [o mantener] todo… Las perspectivas para empresas concretas podrían parecer de repente más relevantes”.

Si la tendencia hacia la gestión pasiva sigue avanzando sin freno —Moody’s, la agencia de calificación, previó4 recientemente que los activos de fondos activos serían superados por los de sus homólogos pasivos en 2021—, las consecuencias más a largo plazo pueden ser mucho mayores que unos cuantos puntos básicos de rentabilidad de la inversión. En términos de exposición a inversión pasiva, parece totalmente aplicable el antiguo dicho de “demasiado bueno como para ser positivo”.

1“Passive investing now controls nearly half the US stock market”, CNBC (marzo de 2019).

2“Volatility, dispersion & correlation – friends or foes?” (septiembre de 2018).

3“Next downturn will be active investors time to shine” (marzo de 2019).

4“Adoption of passive investing on track to overtake active in two years” (marzo de 2019)

Autor: Matthew Beesley, Group Head of Investment                                                                                                                         

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