El inversor inteligente

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Son muchas las teorías que han intentado explicar la fuente de alfa (exceso de rendimiento respecto al mercado) a lo largo de las últimas décadas. Desde que Harry Markowitz publicara su Portfolio Selection en el Journal of Finance en 1952, donde presentó su famoso modelo CAPM en el que argumentaba que el retorno de un activo (o cartera de activos) era una variable dependiente de la curva de rendimiento del mercado, las teorías sobre los factores que explican el exceso de retorno no han dejado de crecer.

La innovación financiera ha avanzado tanto que se han creado, incluso, estrategias de inversión que “apuestan” por cada uno de los distintos estilos de inversión (value, growth, size, momentum…), conocidas como smart beta. Pero no se dejen engañar, el éxito no lo determina el estilo o filosofía de inversión. El éxito o fracaso lo determina la calidad del análisis y, sobre todo, el control de las emociones.

El punto de partida de una inversión debe ser un exhaustivo análisis fundamental, con especial hincapié en los aspectos cualitativos del negocio, como el análisis de las ventajas competitivas, el conocimiento del sector y las fuentes de crecimiento futuro. Asimismo, es imprescindible valorar la capacidad para generar flujos de caja de manera estable y recurrente y la posibilidad para reinvertir el capital a unas tasas de retorno elevadas, sin olvidarnos de la estructura financiera de la compañía. La intención de este análisis no es más que valorar la capacidad del negocio para generar valor a largo plazo. Una vez que hemos determinado la calidad del negocio debemos tener en cuenta, por supuesto, el precio que estamos dispuestos a pagar, en caso contrario podemos caer en el error de pensar que una compañía excelente es siempre una inversión excelente, cuando es el precio el que determina si debe ser así.

Pero el análisis debe ir acompañado de un fuerte control de las emociones, en caso contrario perderá toda su validez.

Debemos ser conscientes de que nuestro cerebro está orientado a la supervivencia, por lo que las reacciones ante el dolor (pérdidas) son mayores que las reacciones ante el placer (ganancias).

Las bases de este fenómeno se encuentran en la Teoría Prospectiva que desarrollaron los economistas conductuales Daniel Kahneman y Amos Tversky, de la que se extrae que las pérdidas y las ganancias se distribuyen de manera asimétrica. Es esta asimetría la que nos conduce a tomar decisiones irracionales.

Y los mercados financieros no están exentos de esa irracionalidad. Podemos encontrar la máxima expresión de este comportamiento en momentos de pánico, cuando el miedo se apodera del estado de ánimo de los inversores.

Entonces vemos casos como la dramática caída del Ibex el 24 de junio de 2016, tras el brexit, o la caída de las acciones de Facebook tras el escándalo de Cambridge Analytica el pasado mes de marzo.

En casos como estos muchos inversores olvidan los fundamentales que sustentan las tesis de inversión y se dejan llevar por el miedo generalizado. Por ello, el principal motivo que, en mi opinión, tumba la famosa Hipótesis de Mercado Eficiente, es precisamente el carácter irracional del mercado.

No puede ser eficiente un mercado dominado por agentes irracionales. Por lo que, en este contexto, solo nos queda aislarnos del ruido del mercado y seguir confiando en los fundamentales mientras éstos no cambien.

En definitiva, el inversor inteligente no es aquel que sigue una filosofía o estilo de inversión en concreto, sino aquel que, simplemente, es capaz de realizar un profundo análisis de las compañías y, al mismo tiempo, es capaz de controlar sus emociones y no dejarse llevar por el maníaco-depresivo señor mercado.

Álvaro Jiménez, analista en Gesconsult.

Gesconsult

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